Como casi todo el mundo, a la edad de 12 o 13 años, en plena guerra civil, empecé a descubrir mi sexualidad, pero aquello no pasaba de inocentes toques y juegos inducidos por los comentarios de los chicos mayores que, a veces, llegaban a producir cierto placer en mi cuerpo de niño.
El cambio real y notable empezó primero mentalmente, y luego físicamente. De repente me di cuenta de que existían las mujeres; antes sólo eran como los chicos, pero más frágiles y yo las dividía en madres y hermanas, pero ahora eran unos seres extraños que me atraían por su olor, por su forma de andar, por su pelo, por su cintura, por sus pechos….., sobre todo por sus pechos. Supongo que todavía quedaban en mí reminiscencias de mi época de lactante que, mezcladas con el despertar de mis hormonas y los comentarios de los demás chicos, hacían que esa parte de la anatomía femenina me fascinara de una forma extraña. En más de una ocasión, ese estado de hipnosis que el bamboleo del pecho femenino me producía, me costó una tarascada de mi madre o de alguna de mis hermanas.
Físicamente, mi cuerpo comenzó a seguir a mi mente un poco más tarde. Me comenzaba a salir bello por el pubis, y la piel de mi pene se empezaba a oscurecer. Además me daba cuenta de que cuando jugaba con él, ni el tamaño ni el placer eran igual que antes; ahora el tamaño empezaba a ser considerable y disfrutaba mucho más, aunque en realidad tampoco sabía masturbarme como me explicaban los demás chicos.
Por aquel entonces empecé a espiar a mis hermanas por el ojo de la cerradura mientras se bañaban; Era una de esas antiguas cerraduras con un gran ojo, a través de la cual daba rienda suelta a mis primeras fantasías, pero ni el pecho de mi hermana mayor bien formado, ni el incipiente de mi otra hermana conseguían que me sintiera bien, es más, tenía unos remordimientos que me hacían salir disparado hacia la iglesia en cuanto podía.
La cosa cambió la primera vez que vi a Amparo.
Amparo era la asistenta que teníamos en casa. Mi padre tenía una buena posición y una profesión que, además de ayudarle a no ir a la guerra, nos permitía tener una criada como se las llamaba entonces. En realidad, Amparo era más que una criada, era la hija de una prima de mi madre, que por no quedarse en su pequeño pueblo, y tener algo más de futuro, vino a vivir con nosotros y a ayudar en las tareas del hogar, a cambio de un pequeño sueldo. La verdad es que el trato era como el de una más de la familia.
Amparo no era excesivamente guapa, pero tenía algo atractivo en su rostro; era racial, con pelo negro largo y ondulado, pobladas cejas negras y cara angulosa. Podría haber pasado perfectamente por gitana, aunque de tez más clara. Lo realmente asombroso mí, era su cuerpo; un cuerpo esbelto pero con unas marcadas formas de mujer, grandes pechos, ancha cadera, largas piernas y toda la lozanía que lo otorgaban sus 18 o 19 años. Su olor era especial; cuando pasaba a mi lado, su aroma me envolvía y causaba en mí unas sensaciones muy extrañas que hasta bastante tiempo después no supe que era excitación. Era de ese tipo de mujeres que deben de tener unas feromonas muy potentes que atraían a los hombres hacia ella de forma irremediable.
Yo no era el único que reparaba en su cuerpo y me sentía atraído por ella, ya que en más de una ocasión había visto como mi padre no podía apartar la vista del gran escote que le hacía la bata de mi madre que le venía bastante pequeña.
Un día, mi madre y ella tuvieron que asistir al velatorio de un joven del pueblo que había muerto en la guerra, cosa que no era muy habitual por aquellos lares, ya que no estábamos en una zona especialmente conflictiva, aunque sí que había muchos hombres jóvenes que participaban en ella.
Aunque la costumbre era estar toda la noche velando al difunto, mi madre hizo regresar a casa a Amparo para que ayudase preparar la cena y atendiese a mi hermana mayor, que se encontraba enferma, así que después de cenar todos juntos menos mi madre, nos fuimos a la cama.
Esa noche yo no podía dormir bien, debido a pesadillas y sueños raros con el difunto y la guerra, por lo que me levanté a tomar algo de leche para intentar conciliar el sueño. Al pasar delante de la habitación de Amparo oí como unos susurros y sollozos, y como la puerta estaba entreabierta, atisbé por la abertura sin que me vieran. Mi padre estaba sentado junto a Amparo en su cama, y le decía que no se preocupase por su novio, (que estaba en la guerra), que seguro que estaría bien, que él sabía cuidarse sólo y que mientras, mi padre cuidaría de ella…. Mientras decía eso, la abrazaba y le daba besos en el cuello y en las mejillas y ella sollozaba abrazada a él. Lentamente mi padre fue bajando sus besos por el cuello hasta su hombro, y le iba descubriendo el camisón. Ella cambió sus sollozos por leves gemidos que se tornaron en pequeñas negaciones cuando mi padre descubrió uno de sus pechos y comenzó a besarlo y a chuparlo con pasión.
- No, no tío, ¿qué hace?, decía ella con un hilo de voz
- Yo cuidaré de ti pequeña, no te preocupes, yo cuidaré de ti, contestaba mi padre mientrasbesaba uno de sus pezones y amasaba el otro pecho con su mano.
La visión de esa escena me paralizó por completo. No sabía qué era más fuerte, si la sensación de ver como mi padre engañaba a mi madre, o ver los enormes pechos de Amparo alumbrados por la tenue luz de la luna que entraba por la ventana. Sentía miedo, vergüenza, rabia, culpa, pena, xcitación…., una gran excitación que recorría todo mi cuerpo y que hacía que
mi pene estuviese duro como una piedra. Por un segundo pensé en salir corriendo de allí y esconderme en mi habitación, pero no lo hice, continué observando como mi padre le pedía algo a ella que no conseguí entender……
Al cabo de un minuto comprendí; mientras mi padre seguía chupando los pezones de Amparo con fervor, ella le había bajado los pantalones y subía y bajaba su gran pene con energía mientras susurraba:
- ¡Es pecado, es pecado, esto es pecado mortal tío!
- No te preocupes, decía mi padre,
- Nadie se enterará pequeña, será nuestro secreto.
De repente, mi padre agarró a Amparo por los hombros y la obligó a agacharse al suelo de rodillas, quedando su verga delante de su cara
- Ahora con la boca, acaba con la boca sobrina, dijo mi padre
- No sé cómo se hace así, nunca lo he hecho, sollozaba Amparo
- Métela en tu boca y la vas chupando, mientras que con la mano la sigues moviendo como antes….
Sumisa, Amparo acató las órdenes de mi padre, y comenzó a chupar y a mover su verga mientras él intentaba amasar sus pechos con las manos. De pronto mi padre ahogó un grito y comenzóa moverse como un loco, metiendo y sacando su pene en la boca de Amparo. Ésta tosió varias veces y luego todo quedó en silencio, sólo se oía la respiración jadeante de mi padre.
Yo no entendía muy bien lo que había ocurrido, supongo que a eso es a lo que se referían los chicos mayores cuando hablaban de “correrse”, pero la verdad es que ver a mi padre en esa situación era muy extraño. Una cosa tenía clara, la imagen de Amparo subiendo y bajando el pene de mi padre no se me borraría nunca de la mente, y mucho menos sus pechos, esos enormes globos blancos coronados por sus pezones marroncitos a punto de escaparse, que mi padre chupaba con tanta devoción.
Me metí en mi cama, y comencé a mover mi verga de arriba abajo, pensando que era la mano de Amparo la que lo hacía, e intentando imaginar cómo sería tocar y chupar uno de aquellos pechos que me hacían volverme loco. En esta ensoñación estaba, cuando sentí una especie de corriente en mi columna vertebral que me recorrió desde el final de la espalda hasta la nuca y un placer que invadía todo mi cuerpo y me hizo doblarme sobre mí mismo. Fueron unos segundo sublimes, jamás había sentido nada igual. Mis experiencias masturbadoras conseguían algo de placer, pero solía aburrirme antes de conseguir nada especial, pero esa vez fue diferente, la calentura que la escena que había visto había provocado en mí y la ensoñación e Amparo consiguieron hacerme conocer un estado de mi cuerpo que nunca antes había conocido y que jamás volvería a olvidar,…… el placer, el puro placer.
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados