Antes de comenzar, he de explicar que escribir estas memorias, nace de la necesidad de expresar una queja; un grito contra la insolencia de
la juventud.

Tendemos a pensar que el ser jóvenes nos da derecho a creer que todo lo anterior esta obsoleto, desfasado, y que todos los que vivieron antes que nosotros lo hicieron de forma gris y velada, reprimidos en cuanto a sus relaciones y costumbres sexuales, sometidos por el yugo de la moral católica y la ignorancia.

Si bien, en parte, esto es cierto, no significa que la libertad sexual actual condicione los comportamientos de las personas, aunque la liberación de la mujer ha facilitado mucho las cosas.

Ni antes éramos tan tontos ni ahora son tan listos.

Eso mismo discutía con mi nieto mayor, Serafín, el día de mi 83 cumpleaños. La insolencia de sus 25 años le hacía verme como alguien de vida plana, como si toda mi existencia fuese uno de esos reportajes del Nodo, grises y aburridos. Nacer, crecer, trabajar como un mulo, la guerra, la postguerra, pasar hambre, casarse, tener hijos, nietos, envejecer y morir, y todo en blanco y negro.

La conversación fue derivando a temas sexuales y en cierto modo he de reconocer que sí estábamos reprimidos sexualmente, si no en actos, sí en palabras ya que pude darme cuenta que mi nieto, aquel hombre joven no sabía nada de mí. En realidad, jamás le había contado ninguna de mis muchísimas experiencias sexuales, y sin embargo él se jactaba de sus únicas cinco o seis conquistas y me las relataba con toda naturalidad, con sumo detalle.

En ese momento decidí quitar el velo de vergüenza y represión que recubría mi historia. Hice callar al jovenzuelo, y le advertí que lo que iba a oír a continuación jamás lo había contado a nadie, incluida su abuela, mi mujer, que en paz descanse.

Quedó tan perplejo de que fuese su abuelo el que estuviese contando aquella historia, que no daba crédito a lo que oía. Tras escuchar parte de mi relato, salió de la habitación sin decir una palabra, con las mejillas rub rizadas y los ojos brillantes, y no me volvió a mirar en todo el día.

Al caer la tarde, paseaba por la vera del río como suelo hacer todas las tardes, y Serafín me abordó y me espetó: ¡Quiero escribir tu historia!. No entendía bien sus palabras, por lo que me explicó la existencia de unos cuadernos de Internet, llamados Blogs y que que allí lo quería escribir para que miles de personas lo pudieran leer y comprender como él había hecho, que la juventud de hoy en día no ha descubierto nada, sólo lo ha adaptado a su tiempo, con mejor o peor fortuna, y que siempre hubo personas afortunadas en el sexo, antes y ahora, y que desde luego yo he sigo una de esas personas.

Voy a contar parte de mis experiencias, aunque será Serafín quien las escriba, ya que por razones evidentes, esto de Internet para mí es magia negra, por eso ruego al lector que me perdone si cometemos algún fallo en la narración, en el tiempo o en el lugar; mi memoria ya no es lo que era.

Interrumpiré mi relato a la edad de 37 años, cuando me casé con mi difunta, ya que por respeto a su memoria, esa historia es solo nuestra....